El Fenómeno Aluvional en Mendoza III
Origen del problema
Para hablar del origen del problema aluvional de Mendoza, que provocó la gravosa inundación del 4 de Enero de 1970, es necesario sustraerse de esa sensación ciega que nos lleva a manifestarnos como dueños de la tierra. Dominantes, nos hemos asentado sobre ella para levantar las paredes que nos han ido obstruyendo la visión majestuosa y natural de la cordillera de Los Andes. Unica dueña de la realidad, de su geografía amplia y avasalladora, a cuyos pies nos hemos puesto a existir.
Esa realidad, a veces poco observada, posee condiciones naturales imposibles de modificar: pronunciadas pendientes, escasa vegetación, cauces torrenciales cuya vida se relaciona con la intensidad, frecuencia y duración de las precipitaciones .
La actividad del hombre también está ligada al problema, al involucrare en el crecimiento de las ciudades. Situación que creemos corresponde a Mendoza, (en lo referente al origen del problema), puesto que el aluvión ya bajaba antes de que el mendocino extendiera la ciudad. Es decir, las aguas excedentes de las precipitaciones intensas, ya inundaban las huertas de los Huarpes instalados en estos valles, quienes no tenían otra posibilidad para sobrevivir que el cultivar y asentarse cerca de estos cauces, que si bien evolucionaban repentinamente, proveían benéficamente a su existencia. Esto indica que la ciudad de Mendoza no habría prosperado en la forma que los hizo, si sus comienzos hubieran sido cimentados en el desierto de La Paz, por ejemplo.
Entonces, el crecimiento de la ciudad de Mendoza no modificó el origen del problema, sino que sus habitantes pusieron en riesgo su vida al enfrentar el fenómeno, porque las simientes de los primeros pobladores, produjeron profundísimas raíces imposibles de transplantar. Por instinto quizás ó por necesidad, al igual que el hombre primitivo, seguimos habitando este suelo impredecible como la naturaleza.
De esta manera, a través de la historia de Mendoza, la ciudad creció para dejar de ser una simple aldea del oeste argentino y más habitantes fueron quedando expuestos al escurrir de las aguas pluviales, provocando el fenómeno aluvional de consecuencias catastróficas.
La situación se ha transformado en un problema, porque al darse las condiciones para que la ciudad creciera, su habitante ignoró los arroyos naturales, que desde siempre han descendido de las altas cumbres, cerrándoles el paso y desviándolos de su curso; ocultándolos bajo una pesada capa de asfalto, provocando la obstaculización de sus funciones naturales y específicas: el escurrimiento de los excesos pluviales de la precordillera y el piedemonte.
Si observamos retrospectivamente la forma en que fue extendiéndose la ciudad de Mendoza, tomando como elemento los diversos planos existentes desde su fundación en 1561, notaremos como, por diversos motivos, se han ignorado en estos registros, los accidentes geográficos del valle de Huentota.
No ocurre lo mismo con el plano de 1802, registro topográfico que muestra las zonas cultivadas del Gran Mendoza, dando una gran importancia a los canales que riegan los sembradíos; aunque resulta difícil ubicarlos, se advierte como influyeron en el desarrollo agrícola de Mendoza. Todos corren de Sur a Norte, menos el del Desagüe y la parte final del Zanjón, quienes lo hacen de Oeste a Este. Una interesante característica es que, aparece un zanjón más, que corre en esta dirección y que podría ser el Frías.
Existen algunas pruebas de que el Frías habría atravesado el Tajamar y el Zanjón en sus grandes avenidas y se haya prolongado hasta Rodeo de la Cruz. Esto evidencia su peligrosidad desde antiguo.
Se afirma que se confeccionó un plano de la ciudad de Mendoza en 1810, pero lamentablemente no ha sido posible hallarlo.
En 1822 se preparó otro plano. En él se aprecia la realidad topográfica de aquel momento. La ciudad se ha extendido hacia el Sur y el Norte, y sus manzanas aparecen ya obstaculizando algunos cursos de aguas que seguramente, se desviaban hacia el Tajamar, quien junto con el canal Cacique Guaymallén, son los únicos que aparecen indicados en este plano .
El plano de 1856 muestra una ciudad que se ha extendido tres manzanas más hacia el Sur bloqueando, aún más los cauces naturales.
Producido el terremoto del 20 de Marzo de 1861, se trasladó la ciudad al Sudoeste de la antigua, construyéndose en los terrenos públicos de la Hacienda de San Nicolás. Pero la vieja ciudad siguió en pie, volviendo a levantarse en medio de las ruinas. Por estas circunstancias, es que aparecen juntas (la nueva y la vieja), en el plano de 1872. Aquí el Zanjón Frías aparece con el nombre de Astorga, con un brazo que se dirige al Sur, desconocido hasta entonces y que denominan "Río Seco" más abajo, cae en el cauce del actual Cacique Guaymallén con el nombre de Zanjón Escarpe. Otro río seco aparece desde la Acequia del Estado hasta llegar, en forma muy sinuosa a la Avenida San Martín, en las proximidades de la actual calle Godoy Cruz.
Esta interpretación de Dragui Lucero, aporta datos referidos a los ríos secos, que hoy no podemos hallar en sus sitios originales y confirma la situación de bloqueo ha que han sido sometidos, desviando sus aguas por otros cauces que sumadas a las propias, ciegan su función.
Otros canales que aparecen en el plano de 1872 son, la Acequia del Estado (actual Jarillal); Acequia Guevara (actual calle Paso de Los Andes), que hoy no puede observarse; el Tajamar y el Zanjón (actual Cacique Guaymallén); y canales Tobar Grande y Tobar Chico.
La anarquía edilicia continúa complicando a la geografía, y obstinadamente, el mendocino busca instalarse más hacia el oeste, obstruyendo cada vez más a las acequias, que poco a poco irán desapareciendo bajo elegantes viviendas, rústicos albergues y empinadas avenidas.
De esta manera, en el plano de 1908, se proyecta la continuación al Oeste de las calles de la nueva ciudad.
"Este requerimiento de las zonas altas obedece a un imperativo de salubridad pública. Se busca afanosamente el aire fresco, el agua pura y un sentido estético al acercarse a la montaña y tener dominio visual del panorama del Este que brinda la altura".
Ahora, ¿no habían ocurrido ya acontecimientos aluvionales catastróficos?. Recordemos la inundación devastadora de 1895. No obstante, en 1911 se aprobó el proyecto de expansión de la ciudad hacia el sudoeste, sin incluir una sola plaza y ni una sola avenida que corriera de Sur a Norte, en medio de 100 manzanas. Y ¿qué decir de las acequias y canales?. Simplemente no se mencionan. ¿Por qué?. Según Dragui Lucero:
"Esta forma increíblemente simplista y maciza de proyectar una ciudad revela la despreocupación más elemental por las exigencias urbanísticas más irrenunciables"
Ricardo Ponte, no cuestiona estas situaciones y muestra a una ciudad sin culpas, evolucionando de acuerdo a sus posibilidades y necesidades.
Confirma nuestra apreciación sobre la ubicación de la ciudad de Mendoza, en zona de riesgo natural cuando dice:
"La ciudad está allí donde existe la posibilidad del agua (para riego y consumo) originada en los deshielos cordilleranos".
Comparte la opinión de Dragui Lucero sobre el crecimiento urbano en planos escalonados, que él llama "bandas" e ilustra esa opinión en forma gráfica.
"La ciudad nació en su porción más baja, por donde ya circulaba el agua de riego y su crecimiento hacia el Oeste fue a contrapendiente, mediante el riego artificial a través de acequias, que fueron apareciendo en su desarrollo histórico"
Menciona en principio, tres bandas que responden al uso agrícola primero y urbano después, como consecuencia del crecimiento. Después una cuarta banda conformada a mediados de este siglo, posee otras características, porque no le ha dado origen un curso de agua, sino la voluntad de ganar el piedemonte. Esto, respondería según Dragui Lucero, en su citada obra, a un interés estético. Ponte nada dice de ello.
Finalmente manifiesta que la forma palmeada del Gran Mendoza, responde a la forma de discurrir el agua por sus hijuelas de riego que son como nervaduras de una palma y vincula el crecimiento urbano con este sistema de riego de origen prehispánico, en algunos casos.
Es decir, Mendoza urbana fue creciendo entorno a estas acequias que antiguamente regaron sus vides. También sus calles se alinearon paralelamente a las hijuelas. Se trata de una necesidad imperiosa para sobrevivir en medio de un desierto que no contempla la anarquía urbana como consecuencia.
En cuanto a la desertificación de zonas rurales, sí podríamos culpar al hombre, pero solamente a la que se produce irracionalmente y que no es fruto del hombre que vive en estas zonas y que se nutre de las posibilidades naturales para conseguir sus necesidades básicas, (leña, piedras, frutos silvestres, etc.), sino de aquel que busca enriquecimiento, transformando su actividad en depredación.
Además, existe un fenómeno también natural, que está expandiendo continuamente los desiertos.
El pastoreo primitivo, también está inserto en el origen del problema, ya que produciría la desaparición de la escasa flora del piedemonte. Este tipo de pastoreo ya no existe prácticamente, aunque sí persiste la necesidad de proveerse de alimentos por parte de los que hoy, por distintas razones, habitan el piedemonte y que poseen ganado caprino para industrializar productos que servirán para su propio sustento y/o para comercializar por otros, que cubran otras necesidades. Sin embargo, al no tener grandes dimensiones, no influye aumentando el riesgo aluvional.
Por lo tanto, el fenómeno aluvional se ciñe a, un piedemonte erosionado por torrentes que provocaron las precipitaciones estivales, irregulares y desiguales en tiempo y espacio, de gran magnitud (81 mm/hora el 31 de diciembre de 1959). Estos elementos, más la existencia de pendientes del orden del 5 % al 10 %, dan como resultado un fenómeno de alta peligrosidad aluvional, que puede llegar a producir pérdidas humanas y materiales en construcciones civiles, carreteras, ferrocarril, sector industrial y, geográficamente, acentúa el grado de erosión, constituyendo un peligro más ante la posibilidad de una futura inundación.
Fuente: Lic. José Osvaldo Antequera
Para hablar del origen del problema aluvional de Mendoza, que provocó la gravosa inundación del 4 de Enero de 1970, es necesario sustraerse de esa sensación ciega que nos lleva a manifestarnos como dueños de la tierra. Dominantes, nos hemos asentado sobre ella para levantar las paredes que nos han ido obstruyendo la visión majestuosa y natural de la cordillera de Los Andes. Unica dueña de la realidad, de su geografía amplia y avasalladora, a cuyos pies nos hemos puesto a existir.
Esa realidad, a veces poco observada, posee condiciones naturales imposibles de modificar: pronunciadas pendientes, escasa vegetación, cauces torrenciales cuya vida se relaciona con la intensidad, frecuencia y duración de las precipitaciones .
La actividad del hombre también está ligada al problema, al involucrare en el crecimiento de las ciudades. Situación que creemos corresponde a Mendoza, (en lo referente al origen del problema), puesto que el aluvión ya bajaba antes de que el mendocino extendiera la ciudad. Es decir, las aguas excedentes de las precipitaciones intensas, ya inundaban las huertas de los Huarpes instalados en estos valles, quienes no tenían otra posibilidad para sobrevivir que el cultivar y asentarse cerca de estos cauces, que si bien evolucionaban repentinamente, proveían benéficamente a su existencia. Esto indica que la ciudad de Mendoza no habría prosperado en la forma que los hizo, si sus comienzos hubieran sido cimentados en el desierto de La Paz, por ejemplo.
Entonces, el crecimiento de la ciudad de Mendoza no modificó el origen del problema, sino que sus habitantes pusieron en riesgo su vida al enfrentar el fenómeno, porque las simientes de los primeros pobladores, produjeron profundísimas raíces imposibles de transplantar. Por instinto quizás ó por necesidad, al igual que el hombre primitivo, seguimos habitando este suelo impredecible como la naturaleza.
De esta manera, a través de la historia de Mendoza, la ciudad creció para dejar de ser una simple aldea del oeste argentino y más habitantes fueron quedando expuestos al escurrir de las aguas pluviales, provocando el fenómeno aluvional de consecuencias catastróficas.
La situación se ha transformado en un problema, porque al darse las condiciones para que la ciudad creciera, su habitante ignoró los arroyos naturales, que desde siempre han descendido de las altas cumbres, cerrándoles el paso y desviándolos de su curso; ocultándolos bajo una pesada capa de asfalto, provocando la obstaculización de sus funciones naturales y específicas: el escurrimiento de los excesos pluviales de la precordillera y el piedemonte.
Si observamos retrospectivamente la forma en que fue extendiéndose la ciudad de Mendoza, tomando como elemento los diversos planos existentes desde su fundación en 1561, notaremos como, por diversos motivos, se han ignorado en estos registros, los accidentes geográficos del valle de Huentota.
No ocurre lo mismo con el plano de 1802, registro topográfico que muestra las zonas cultivadas del Gran Mendoza, dando una gran importancia a los canales que riegan los sembradíos; aunque resulta difícil ubicarlos, se advierte como influyeron en el desarrollo agrícola de Mendoza. Todos corren de Sur a Norte, menos el del Desagüe y la parte final del Zanjón, quienes lo hacen de Oeste a Este. Una interesante característica es que, aparece un zanjón más, que corre en esta dirección y que podría ser el Frías.
Existen algunas pruebas de que el Frías habría atravesado el Tajamar y el Zanjón en sus grandes avenidas y se haya prolongado hasta Rodeo de la Cruz. Esto evidencia su peligrosidad desde antiguo.
Se afirma que se confeccionó un plano de la ciudad de Mendoza en 1810, pero lamentablemente no ha sido posible hallarlo.
En 1822 se preparó otro plano. En él se aprecia la realidad topográfica de aquel momento. La ciudad se ha extendido hacia el Sur y el Norte, y sus manzanas aparecen ya obstaculizando algunos cursos de aguas que seguramente, se desviaban hacia el Tajamar, quien junto con el canal Cacique Guaymallén, son los únicos que aparecen indicados en este plano .
El plano de 1856 muestra una ciudad que se ha extendido tres manzanas más hacia el Sur bloqueando, aún más los cauces naturales.
Producido el terremoto del 20 de Marzo de 1861, se trasladó la ciudad al Sudoeste de la antigua, construyéndose en los terrenos públicos de la Hacienda de San Nicolás. Pero la vieja ciudad siguió en pie, volviendo a levantarse en medio de las ruinas. Por estas circunstancias, es que aparecen juntas (la nueva y la vieja), en el plano de 1872. Aquí el Zanjón Frías aparece con el nombre de Astorga, con un brazo que se dirige al Sur, desconocido hasta entonces y que denominan "Río Seco" más abajo, cae en el cauce del actual Cacique Guaymallén con el nombre de Zanjón Escarpe. Otro río seco aparece desde la Acequia del Estado hasta llegar, en forma muy sinuosa a la Avenida San Martín, en las proximidades de la actual calle Godoy Cruz.
Esta interpretación de Dragui Lucero, aporta datos referidos a los ríos secos, que hoy no podemos hallar en sus sitios originales y confirma la situación de bloqueo ha que han sido sometidos, desviando sus aguas por otros cauces que sumadas a las propias, ciegan su función.
Otros canales que aparecen en el plano de 1872 son, la Acequia del Estado (actual Jarillal); Acequia Guevara (actual calle Paso de Los Andes), que hoy no puede observarse; el Tajamar y el Zanjón (actual Cacique Guaymallén); y canales Tobar Grande y Tobar Chico.
La anarquía edilicia continúa complicando a la geografía, y obstinadamente, el mendocino busca instalarse más hacia el oeste, obstruyendo cada vez más a las acequias, que poco a poco irán desapareciendo bajo elegantes viviendas, rústicos albergues y empinadas avenidas.
De esta manera, en el plano de 1908, se proyecta la continuación al Oeste de las calles de la nueva ciudad.
"Este requerimiento de las zonas altas obedece a un imperativo de salubridad pública. Se busca afanosamente el aire fresco, el agua pura y un sentido estético al acercarse a la montaña y tener dominio visual del panorama del Este que brinda la altura".
Ahora, ¿no habían ocurrido ya acontecimientos aluvionales catastróficos?. Recordemos la inundación devastadora de 1895. No obstante, en 1911 se aprobó el proyecto de expansión de la ciudad hacia el sudoeste, sin incluir una sola plaza y ni una sola avenida que corriera de Sur a Norte, en medio de 100 manzanas. Y ¿qué decir de las acequias y canales?. Simplemente no se mencionan. ¿Por qué?. Según Dragui Lucero:
"Esta forma increíblemente simplista y maciza de proyectar una ciudad revela la despreocupación más elemental por las exigencias urbanísticas más irrenunciables"
Ricardo Ponte, no cuestiona estas situaciones y muestra a una ciudad sin culpas, evolucionando de acuerdo a sus posibilidades y necesidades.
Confirma nuestra apreciación sobre la ubicación de la ciudad de Mendoza, en zona de riesgo natural cuando dice:
"La ciudad está allí donde existe la posibilidad del agua (para riego y consumo) originada en los deshielos cordilleranos".
Comparte la opinión de Dragui Lucero sobre el crecimiento urbano en planos escalonados, que él llama "bandas" e ilustra esa opinión en forma gráfica.
"La ciudad nació en su porción más baja, por donde ya circulaba el agua de riego y su crecimiento hacia el Oeste fue a contrapendiente, mediante el riego artificial a través de acequias, que fueron apareciendo en su desarrollo histórico"
Menciona en principio, tres bandas que responden al uso agrícola primero y urbano después, como consecuencia del crecimiento. Después una cuarta banda conformada a mediados de este siglo, posee otras características, porque no le ha dado origen un curso de agua, sino la voluntad de ganar el piedemonte. Esto, respondería según Dragui Lucero, en su citada obra, a un interés estético. Ponte nada dice de ello.
Finalmente manifiesta que la forma palmeada del Gran Mendoza, responde a la forma de discurrir el agua por sus hijuelas de riego que son como nervaduras de una palma y vincula el crecimiento urbano con este sistema de riego de origen prehispánico, en algunos casos.
Es decir, Mendoza urbana fue creciendo entorno a estas acequias que antiguamente regaron sus vides. También sus calles se alinearon paralelamente a las hijuelas. Se trata de una necesidad imperiosa para sobrevivir en medio de un desierto que no contempla la anarquía urbana como consecuencia.
En cuanto a la desertificación de zonas rurales, sí podríamos culpar al hombre, pero solamente a la que se produce irracionalmente y que no es fruto del hombre que vive en estas zonas y que se nutre de las posibilidades naturales para conseguir sus necesidades básicas, (leña, piedras, frutos silvestres, etc.), sino de aquel que busca enriquecimiento, transformando su actividad en depredación.
Además, existe un fenómeno también natural, que está expandiendo continuamente los desiertos.
El pastoreo primitivo, también está inserto en el origen del problema, ya que produciría la desaparición de la escasa flora del piedemonte. Este tipo de pastoreo ya no existe prácticamente, aunque sí persiste la necesidad de proveerse de alimentos por parte de los que hoy, por distintas razones, habitan el piedemonte y que poseen ganado caprino para industrializar productos que servirán para su propio sustento y/o para comercializar por otros, que cubran otras necesidades. Sin embargo, al no tener grandes dimensiones, no influye aumentando el riesgo aluvional.
Por lo tanto, el fenómeno aluvional se ciñe a, un piedemonte erosionado por torrentes que provocaron las precipitaciones estivales, irregulares y desiguales en tiempo y espacio, de gran magnitud (81 mm/hora el 31 de diciembre de 1959). Estos elementos, más la existencia de pendientes del orden del 5 % al 10 %, dan como resultado un fenómeno de alta peligrosidad aluvional, que puede llegar a producir pérdidas humanas y materiales en construcciones civiles, carreteras, ferrocarril, sector industrial y, geográficamente, acentúa el grado de erosión, constituyendo un peligro más ante la posibilidad de una futura inundación.
Fuente: Lic. José Osvaldo Antequera


