Caída del Consumo de Vino a Nivel Mundial

El consumo de vino per cápita en todo el mundo cayó por tercer año consecutivo en 2008, y se prevé que baje aún más, por lo menos hasta principios de la próxima década. El año pasado, el mundo consumió un promedio de 3,5 litros per cápita, un litro menos que en 1990, según el estudio "The Global Drinks Market: Impact Databank Review and Forecast", edición 2008. El actual consumo per cápita internacional se encuentra en su nivel más bajo en al menos cuatro décadas.
Gran parte de esta tendencia puede estar dada por los mercados de vinos más maduros de la Unión Europea, donde los cambios de estilo de vida han sido un factor importante en el descenso, sobre todo en Francia e Italia, donde el vino ha sido tradicionalmente consumido con las comidas.
Hasta hace poco, el consumo general de vino estaba creciendo, gracias a los mercados emergentes. Sin embargo, la recesión ha deprimido el consumo total también. Estados Unidos aún representa un enorme potencial para el mundo del vino, puesto que los estadounidenses consumieron un promedio de sólo 9 litros per cápita el año pasado, frente a 51 litros y 44 litros, respectivamente, de los franceses y los italianos. Canadá, Chile, Sudáfrica y Australia han disfrutado de un constante crecimiento del consumo también, al igual que los mercados emergentes de la India, Taiwán, Corea del Sur y Noruega.
Pero China probablemente aportará mucho al futuro crecimiento en el consumo mundial de vino, debido a que los chinos beben menos de una botella de vino por persona al año. La crisis financiera ha ralentizado un poco el impulso de este crecimiento, pero todavía abundan enormes oportunidades, especialmente para las grandes empresas vitivinícolas multinacionales que hacen negocios en China.
Fuente: Todovinos

El Roble

Polvo de Roble, Chips, Duelas y otras Alternativas a la Barrica
En el Nuevo Mundo hace tiempo que el sabor a madera de sus vinos no procede exclusivamente de las barricas tal y como las conocemos hasta ahora. En su lugar se utilizan en ocasiones pequeños trozos, bloques o duelas de roble, incluso una especie de polvo o granulado. Desde que la UE aprobara y regulara el uso de toda esta parafernalia a finales del año pasado, ya está oficialmente al alcance de nuestros elaboradores.
El aliciente más morboso del IV Encuentro Enológico organizado en marzo pasado por la Fundación para la Cultura del Vino bajo el título “Crianza en barricas y otras alternativas” fue una cata de vinos elaborados precisamente con esas alternativas.
Desde luego que no fueron los primeros vinos con “chips” que probamos. Seguro que muchas etiquetas del Nuevo Mundo y un número incierto de españolas les llevaron la delantera. Pero sí fueron, indudablemente, los primeros identificados claramente como tales.
Cualitativamente hablando, no puedo decir que fuera la cata de mi vida, pero resultó interesante descubrir que con estos materiales se pueden elaborar vinos correctos, incluso agradables y placenteros.
Personalmente, me sentí más inclinada por un chardonnay de la cosecha 2006 que llevaba seis meses de contacto con duelas de tostados diversos, de ligero a alto, a razón de tres duelas por hectolitro de vino. Quizás no era el más intenso, pero resultaba fresco, equilibrado y permitía una buena expresión de la variedad. También me gustó un syrah elaborado con parámetros similares que se servía también de una mezcla de duelas con distintas intensidades de tostado.
Aunque todos eran vinos en proceso de elaboración y cabía concederles el beneficio de una evolución positiva en la última fase de esta peculiar “crianza” y durante su posterior afinamiento en botella, la mayoría compartía un amargor común bastante pronunciado. Vinos correctos y bebibles, en definitiva, pero mejorables en su juego de armonías y en el equilibrio fruta-madera.
“Historia” de virutas y cía.
No piensen que estos “chips”, virutas, granulados y demás son fruto de los últimos avances tecnológicos. El uso de formas de madera distintas a las barricas viene de antiguo. Según expuso el enólogo e investigador Pascal Chatonnet (personaje especialmente reconocido por sus estudios sobre el TCA) en su ponencia del IV Encuentro Enológico sobre estos productos alternativos, ya en el siglo XIX se encuentra una definición del “vino de virutas”.
Sin embargo, no se desarrolló como producto industrial hasta principio de los años setenta. Fue en Estados Unidos, presentados como una especie de “aserrín” de roble americano y, a partir de ahí, su uso empezó a cobrar cierta relevancia, sobre todo en los vinos de gama baja de este país y de Australia.
En Europa se han utilizado este tipo de materiales a nivel “experimental” desde 1993 en vinos sujetos a cantidades limitadas de producción y con la prohibición de destinarlos a la exportación. Paradójicamente, sí se aceptaba la entrada de vinos de fuera de la UE elaborados según estos procedimientos. A esta extraña situación se le puso fin en octubre del año pasado cuando se reglamentó su uso, aunque aún queda pendiente su desarrollo legal en los distintos estados miembros.
España, de momento, ha trasladado la regulación a los Consejos Reguladores que, mientras deciden si les dan entrada o no en sus respectivas denominaciones (lo más probable es que quien quiera mantener una imagen de calidad vete su uso), contemplan cómo florece en nuestro país toda una industria de estos productos alternativos.
Cómo se trabaja la madera “alternativa”
La madera empleada para producir estos fragmentos de mayor o menor tamaño sigue un procedimiento similar a la que se destina a las barricas tradicionales. En primer lugar, estamos hablando única y exclusivamente de roble y así lo exige también la nueva reglamentación europea. Y, obviamente, su producción viene del material sobrante empleado en la elaboración de las barricas.
Pero a partir de ahí, podemos empezar a encontrarnos con multitud de variantes, muchas de ellas con importante implicaciones cualitativas. Para que las virutas sean de “calidad”, deberían proceder exclusivamente de la parte central del tronco (el llamado duramen) y evitar la corteza y otras áreas desechadas tradicionalmente en la elaboración de barricas.
Existe también un proceso de secado para que la madera pierda el agua acumulada (puede tener hasta un 70%). En el caso de los robles de más calidad, éste se realiza al aire libre durante incluso dos años y con un sistema de apilado muy concreto que favorece una mayor aireación. No es el caso naturalmente de estos componentes que se apilarán en fardos y en los que se acelerará el proceso de secado por medios artificiales.
Y también el tostado, esa fase clave que determinará la cantidad y complejidad de los elementos que aporta el roble al vino, se realiza de forma diferente. Olvídense de la romántica imagen de las barricas artesanas cuyas duelas se moldean en torno a una fuente de calor. Para los chips se emplean tambores rotativos, muy parecidos a los que se utilizan para tostar el café.
El resultado final, en cualquier caso, serán trozos de madera de mayor o menor tamaño que se ponen a “macerar” con el vino en bolsas de infusión que se introducen en los depósitos.
Obviamente, la calidad de la madera y del tostado no se puede equiparar a la de una barrica y el resultado, lógicamente, tampoco será el mismo. Con frecuencia se critica que con los “chips” no se obtiene la microoxigenación, ese contacto del vino con pequeñas cantidades de oxígeno que penetran a través de los poros de la barrica. Sin embargo, puestos a utilizar estas alternativas, habría que hacerlo con la misma mentalidad pragmática del Nuevo Mundo. El sucedáneo elegido está ahí con objeto de aportar aroma, sabor y algo de tanino. Para lo demás existen otros procedimientos, como el aporte controlado de oxígeno al vino, una microoxigenación artificial ampliamente practicada que redondea los taninos y hace los vinos más amables.
Otra crítica frecuente es que la estabilidad de un vino elaborado con virutas es mucho menos que la de, por ejemplo, un tinto criado 12 meses en barrica. Pero, ¿a quién demonios se le ocurriría guardar un vino de este tipo junto a sus reservas favoritos? Estamos hablando de productos de rápida rotación, pensados para consumir en los meses posteriores a su aparición en el mercado.
Abanico de calidades
El consumidor, seguramente, se planteará: ¿los vinos de “chip” pueden ser mejores que los de barrica?
Lo que está claro es que a ningún enólogo se le ocurriría destinar sus mejores partidas de uva a una elaboración de este tipo. Pero un uso inteligente de estos nuevos recursos podría dar lugar a vinos muy correctos. Pensemos por ejemplo en un tinto más bien ligero pero con una buena expresión frutal que acaba quedando enmascarada a causa de un paso por barrica (quizás no más de cuatro o seis meses), pero a todas luces excesivo para su estructura y características. Si me dan a elegir entre un vino sencillo que sólo huela y sepa a madera y otro, igualmente sencillo, en el que fruta y madera estén equilibrados, me quedo siempre con el segundo.
De cara a elaborar distintas “recetas”, los fabricantes de estos productos alternativos exhiben en sus catálogos una sorprendente variación de opciones. Si tomamos el de Pronektar, por ejemplo, empresa creada por la prestigiosa tonelería Radoux, encontramos, por orden de tamaño, desde polvo de roble de 0,3 mm., astillas, chips y segmentos de 47 x 47 mm. y 7 mm. de grosor, hasta duelas y sticks procedentes de maderas sometidas a secados al aire libre durante 24 meses.
En cada caso se realizan recomendaciones sobre el tipo de vinos más adecuados para cada alternativa, la problemática que ayuda a resolver (estabilización del color, atenuación de taninos vegetales, aporte tánico que evita realizar sobrextracciones durante la fermentación…) y sugerencias sobre el momento y las proporciones más adecuadas de uso.
Al final, el tema parece un poco más complejo que simplemente añadir “polvos” o chips al vino. Como expuso Chatonnet en su intervención, “ningún producto o tipo de productos constituye una solución ideal. A menudo es una combinación de maderas de orígenes botánicos y con intensidades de tostado diferentes, empeladas a veces en distintas etapas de la vinificación o la crianza lo que permite obtener resultados interesantes”.
En España, que es un país amante del roble y de los vinos con sabor a madera, quizás algunos consumidores se escandalicen por la posibilidad de que algunas de las marcas que beben habitualmente puedan sustituir las tradicionales barricas por opciones bastante más descafeinadas.
En Estados Unidos, donde estos derivados del roble tienen mucha más solera, se está apreciando una evolución de su uso, según datos del Barrel Report 2005 aportados por Pascal Chatonnet, que apunta en varias direcciones. Una de ellas es la disminución de la demanda de virutas, a la vez que crece la de duelas de madera francesa (el producto “estrella” en calidad entre los alternativos). Pero quizás lo más interesante es que ya no se quedan sólo en el segmento más bajo de precio (se emplean en el 95% de los vinos de menos de cinco dólares), sino que empiezan a aplicarse a etiquetas de perfil más elevado, en concreto en el 5% de los vinos que se venden entre los 10 y los 20 dólares.
Hace 15 años, cuando uno visitaba una bodega en Rioja, lo más habitual era ver muchas barricas, casi todas viejas. Ahora llama la atención el alto porcentaje de madera nueva y reluciente. Quién sabe si dentro de cinco o diez años veamos de forma habitual sofisticados sistemas para introducir duelas en los depósitos de vinificación.
En cualquier caso, usted como consumidor siempre estará informado de la forma en que se ha elaborado el vino y si se han utilizado este tipo de procedimientos alternativos, ya que su mención es obligada en la etiqueta. Entre nosotros, ¿no se muere de curiosidad por probar alguno de ellos? Aunque luego vuela a sus tintos con barrica de toda la vida.
Fuente: Amaya Cervera

Bodegas y Vinos de Bolivia

Es de la Conquista hasta mediados del siglo XX, no obstante el potencial productivo del valle tarijeño, la viticultura no pasó de ser una producción casera, que consumía sus vinos y su Singani en fiestas y cumpleaños en la esfera doméstica, sin proyecciones productivas ni comerciales de largo alcance. Sólo en la década de 1960 comenzó la viticultura extensiva con introducción de nuevas variedades, sistemas de cultivo y tecnología de vinificación adecuada. Así aparecieron los primeros Vinos industriales elaborados en Tarija y por lo tanto, en Bolivia.
Con los años se mejoró la producción de uvas y se incorporaron nuevas variedades francesas y españolas, lo que dio inicio a una verdadera revolución vitivinícola, ya que al mismo tiempo se instalaron nuevas bodegas con moderna tecnología y una importante capacidad de elaboración. Todo ello trajo un éxito sorprendente en la calidad, apreciada tanto a nivel nacional como internacional, si bien este reconocimiento no fue aprovechado tanto como hubiera sido deseable para generar un cambio de imagen y fisonomía de nuestra vitivinicultura, que de mayor presencia a nuestros vinos y Singani.
En el año 1996, con un acuerdo común del sector productivo, se introdujo el concepto de "Vino de Altura" para nuestras cosechas, que comenzaron a lograr sus primeras medallas de oro y plata en concursos internacionales. Hoy los "Vinos de Altura" de Bolivia están en camino de transformarse en una D.O.C. ya aprobada, que falta reglamentar.
Los primeros vinos
De las variedades introducidas por los colonizadores no se tiene testimonio pues sólo se conocían genércamente por su color, razón por la cual tomaron la denominación de Criolla o fueron identificadas con el nombre nativo de alguna región, como la Vischoqueña. La uva Mollar, que puede ser blanca o tinta, deriva su nombre del modo de conducción: una vara de molle (aguaribay o pimiento) como tutor, que al echar raíces crece junto a la cepa ofreciéndole sostén sobre el tronco y las ramas hasta notable altura, con elevada producción y excelentes condiciones fitosanitarias atribuidas a la buena ventilación y a la intensidad aromática de las semillas del molle, que impiden la proliferación de enfermedades criptogámicas. Aún pueden verse viejas cepas conducidas sobre troncos de molle, en mollar.
Los primeros vinos eran de uso litúrgico y fueron elaborados en Mizque, Cochabamba, que entonces era una de las pocas sedes arzobispales del Nuevo Mundo. Luego la costumbre de elaborar vino se expandió a todos los valles donde se cultivó la vid. Estos vinos se fermentaban en cántaros de barro cocido de distinta capacidad, con técnicas transmitidas por los españoles, y sustituían a los que provenían de España, mucho más caros. La elaboración y consumo de vinos caseros contribuyó durante años a difundir el uso de los escabeches y encurtidos en los hogares bolivianos, ya que era necesario dar un uso al vino avinagrado.
Las regiones vitícolas de Bolivia
Bolivia se encuentra en el corazón de América del Sur y con su extensión de más de un millón de kilómetros cuadrados posee una variedad de climas que según su altura se distinguen en "tierra caliente" o de los llanos, con temperatura media de 25ºC; "tierra templada" o de los valles andinos, entre los 2 y 3 mil metros sobre el nivel del mar, con temperatura media de 18ºC, donde la vid encontró su habitat; y la "tierra fría" o del altiplano, a 4 mil metros, cuya temperatura promedia los 10ºC.
A fines del ‘800 tomó importancia el cultivo de la vid en los valles de Norte y Sur Cinti, departamento de Chuquisaca, que por décadas fue el mayor productor del país en valles situados a 2.600 metros y más, a ambas márgenes de los ríos Grande y Chico. La primera forma de conducción de la viña fue utilizando como tutor una vara de molle, en mollar. Estos cultivos dieron origen a la industria vitivinícola boliviana: en el año 1925 se estableció la primera bodega en San Pedro, próxima a la localidad de Camargo, cuyos propietarios eran las familias Ortiz y Patiño. Luego surgieron las bodegas El Rancho, San Remo y otras de menor importancia.
En el departamento de Tarija, la producción vitivinícola se afincó en el valle central constituido por las provincias Cercado, Méndez, y Avilés, distinguiéndose los centros productores de Santa Ana, San Luis, Concepción, Rugero, Sella, Calamuchita, San Isidro, La Angostura, Chocloca, Juntas, Colón, Huayriguana, La Compañía, San José, Chaguaya y otros, que suman en la actualidad 1.700 hectáreas cultivadas. Tarija es el departamento boliviano de mayor producción vitícola.
El Valle Central de Tarija se extiende 60 kilómetros de norte a sur y 50 kilómetros de este a oeste; está rodeado por cordilleras que sobrepasan en 1,5 ó 2 mil metros la altura media del valle, entre los 1,5 y 2 mil metros sobre el nivel del mar. Su clima es templado, con una temperatura media anual de 18.3ºC y lluvias que varían de 300 a 500 milímetros por año.
El viñedo tarijeño se encuentra en las cuencas de los ríos Guadalquivir, Santa Ana y Camacho, así como en áreas de influencia del sistema de riego del lago artificial San Jacinto. Sin duda la viticultura eligió los mejores suelos y las planicies más extendidas del Valle para desarrollar su producción.
La producción del Valle Central está estimada en 438.385 quintales bolivianos (de 46 kil gramos) de uva, de los cuales el 80 % es Moscatel de Alejandría, variedad utilizada para la elaboración del Singani y de vinos blancos aromáticos de características muy interesantes, desde el punto de vista organoléptico. Estos vinos podrían ser elaborados con alta tecnología y exportarse como varietales finos ya que existen nichos en el mercado internacional para esta clase de productos. La Moscatel de Alejandría también se utiliza para consumo en fresco como uva de mesa, por su gran intensidad aromática y la concentración de azúcares que alcanza gracias a su cultivo en altura. Las uvas de vinificación representan un 18 % de la producción y en su gran mayoría son producidas por los propios bodegueros para la elaboración de sus vinos y muy poco cultivadas por los productores vitícolas del Valle Central. Hay también una pequeña cantidad de nuevas variedades de mesa experimentales, de reciente introducción en la zona. Según el Centro Nacional Vitivinícola, la viticultura tarijeña involucra a 1.106 familias en 38 comunidades productoras.
Características del Vino de Altura
Todo vino tiene un perfil, una silueta y un estilo propios, marcados por parámetros tradicionales de cada región productora tales como clima, suelo, variedad y mano del hombre. Los vinos bolivianos incorporan un nuevo parámetro que es la altura, base de la estructura y calidad de los vinos de nueva generación. Si por definición, la altura es la relación de un punto respecto al nivel del mar, este concepto no represen-ta la verdadera magnitud de lo que significa su adaptación para el metabolismo de los viñedos de altura, pues ésta no sólo modifica el clima, con amplitud térmica entre el día y la noche superior a los 21ºC (aspecto que favorece notablemente el desarrollo de los antocianos) sino también otros factores: por ejem-plo, la altura nos permite contar con viñedos expuestos a una mayor intensidad luminosa, con una acción más directa de los rayos ultravioletas sobre los racimos de uva durante el ciclo de maduración, fenómeno que favorece la formación de un mayor número de moléculas odorantes o precursores de los aromas en estado libre, obteniéndose caldos de mayor tipicidad aromática en cada variedad de uva.
Los vinos bolivianos de alturas entre 1.600 y 2.400 metros tienen una mayor intensidad y tipicidad de aromas varietales tales como las especies, frutos rojos y aromas florales. Con el envejecimiento aparecen aromas de cuero, tabaco y si estos vinos reciben crianza en madera aparecerán aromas de miel, chocolate, vainilla y tostado, volviéndose muy complejos e interesantes.
Son vinos de mucho color, bien estructurados, con tendencia al rojo violáceo y rubí, ricos en taninos dulces, de muy buen cuerpo y acidez equilibrada característica que les otorga plenitud en boca, persistencia en el paladar y una sensación final muy agradable.
El Singani
Las principales regiones productoras de vino se encontraban en los valles altos de todo el país, entre ellos los del sur de Potosí, próximos a una de las ciudades más importantes de la América colonial. Allí se comercializaban vinos elaborados para satisfacer las costumbres de los españoles y los misioneros, que fueron cambiando a través del tiempo en favor de una bebida más fuerte debido a la altura, el clima y la dificultad técnica para conservar los vinos por mucho tiempo. Así fue que se comenzó a destilar los vinos obteniendo aguardiente de uva. Esta técnica se perfeccionó con el correr del tiempo hasta determinarse que el mejor aguardiente es el de variedades blancas aromáticas como el Moscatel de Alejandría, que confiere características especiales al destilado hoy conocido con el nombre de Singani, la bebida tradicional y genuina de Bolivia. Acerca del origen de su nombre, una teoría asegura que el primer lugar donde se lo destiló fue el Valle de Sinkani, al sur del país.
El Singani es la bebida de mayor consumo en Bolivia.
Este aguardiente de la variedad Moscatel de Alejandría, procedente de viñedos de altura, de 42º de alcohol, se encuentra protegido por el Estado boliviano mediante un decreto presidencial de 1988. Al igual que otros productos de la industria vitivinícola, tuvo transformaciones tecnológicas muy importantes en su proceso de elaboración. Entre éstas podemos destacar la utilización de enzimas pectolíticas, levaduras seleccionadas y control de temperatura de fermentación del vino base. También podemos mencionar la incorporación de nuevos equipos de destilación, con moderna tecnología, como son los alambiques Pruhlo que aportan condiciones técnicas que beneficiaron la calidad del producto y mejoraron la intensidad aromática del Singani resaltando compuestos terpénicos como el linalol, geraniol, nerol, etc.
Estos compuestos son característicos del Moscatel de Alejandría, y su mayor concentración se encuentra en los viñedos cultivados en altura.
Junto con los aromas primarios de la uva o aromas libres, permanecen en el Singani los aromas derivados de los precursores llamados también aromas combinados (polialcoholes o terpeno glucósidos) así como los aromas secundarios producidos durante la fermentación (ésteres, ácidos grasos y alcoholes superiores).
Todos en conjunto constituyen el perfume del destilado: algunos, más volátiles y olorosos, dan fuerza al mismo y otros menos volátiles, de sabor dulce, redondean el gusto y atenúan el bouquet pero dan mayor persistencia al paladar.
En el Singani se evita el envejecimiento prolongado pues da lugar a una disminución del aroma original de la uva ya que el linalol, geraniol y nerol disminuyen con el tiempo.
El Singani se bebe puro, con hielo, ginger ale, en Singani-sour o mezclado con jugos de melón, maracuyá, mandarina, naranja y otros.
Tarija, 90 mil habitantes, es el ombligo vitivinícola de Bolivia y capital del departamento de igual nombre. A orillas del río Guadalquivir y a 1.866 metros de altitud, no tiene trazos arquitectónicos singulares fuera de algunos edificios del siglo XIX, pero su costanera es agradable y desde la plaza hasta los suburbios luce limpia y ordenada en su rusticidad andina. Reina cierta prosperidad impulsada por los yacimientos de gas de la provincia tarijeña de Gran Chaco. Hay algunos buenos hoteles, entre los que recomendamos Los Parrales, emprendimiento del propietario de una de las bodegas destiladoras de Singani, Kühlmann: está en lo alto de un acantilado península del río, cuyo rumor penetra en las confortables habitaciones que rodean un amplio jardín con piscina. En el restaurante de Los Parrales se come bien y se pueden probar todos los mejores vinos del país.
Las 4 bodegas bolivianas que hacen vinos finos (y algunas también Singani) están en la ciudad o sus cercanías. Hay viña en el valle de Tarija, en el tributario valle de Concepción y en otros terruños de las provincias tarijeñas en alturas que van de los 1.800 a los 2.200 metros.
Tarija y su amplio valle ocurren entre el Altiplano (al otro lado y arriba de las montañas de Poniente) y las húmedas forestas subandinas (detrás y abajo de las montañas de Levante). Para llegar a Tarija por tierra desde Argentina hay que elegir cuál de estas dos cadenas montañosas superar.
Desde Salta son 7 u 8 horas de auto, con una horita de adormecidos trámites en la frontera, donde termina el pavimento. La primera mitad de los 180 kilómetros hasta Tarija es una cornisa en construcción, con todos los terrenos posibles para el rally; la segunda mitad es una flamante carretera asfaltada que supera un paso de alta montaña. El paisaje es espectacular y el tránsito de camiones y ómnibus es frecuente. No hay combustible y sólo comedores rústicos en el trayecto. Otro camino, por La Quiaca y Villazón, es todo ripio (200 kilómetros de la Quiaca a Tarija) e incluye 3 cuestas con subidas y bajadas entre los 2 y los 4 mil metros por angosta cornisa sin guard-rail. A 40 kilómetros por hora se tarda unas 5 horas en cubrir este tramo de muy escaso tránsito. No hay combustible y sólo algún bar rústico en el camino, que atraviesa paisajes de formidable dimensión andina.

Sulfitado

El sulfitado consiste en la adición de anhídrido sulfuroso en el procesado de la uva. El sulfitado se emplea desde antiguo en la elaboración del vino, se puede añadir a la uva, al mosto y al vino. Actualmente casi todos los vinos de mesa reciben mayor o menor cantidad de anhídrido sulfuroso, en la vinificación y durante su conservación.
Las principales propiedades que llevan a emplear el sulfuroso son:
1. Efecto antioxidante, por su avidez por el oxígeno.
2. Efecto antioxidásico, por su capacidad de inhibir las polifenoloxidasas.
3. Efecto antiséptico, principalmente frente a bacterias.
La primera operación de sulfitado tiene lugar en la tolva donde es adicionado anhídrido sulfuroso en forma de metabisulfito potásico. La dosificación se realiza manualmente, a medida que la uva va siendo descargada en la tolva y transportada hasta el interior de la bodega mediante el avance del tornillo sinfín. Cuando las vendimias llegan sanas la dosis de metabisulfito potásico que se añade a la uva está comprendida entre 5-7 gr. /Hl. En cambio, la dosis es mayor cuando el estado sanitario de la vendimia no es el adecuado, ya que hay que asegurarse que la población de levaduras es suficiente. La dosis de sulfuroso es muy importante, ya que dosis inferiores a la óptima dejarían al vino desprotegido, y más altas causan algunos problemas, que son necesarios conocer:
· El sulfuroso se combina, perdiendo sus propiedades, y el vino queda sin protección.
· Pueden inducirse la formación de compuestos indeseables por el metabolismo del azufre
de las levaduras (sulfhídrico y posteriormente mercaptanos).
· Se dificulta el desarrollo de la fermentación malo- láctica, que es realizado por bacterias
lácticas, y por las cuales tiene especial avidez el sulfuroso.
· El vino presenta el olor picante e irritante del anhídrido sulfuroso y deja al final de la
degustación una amargura característica.
· Se neutraliza el aroma y el bouquet característico del vino.
El reparto de sulfuroso debe realizarse de forma homogénea y uniforme por toda la masa de mosto o vino. El sulfuroso no será realmente eficaz hasta que no esté íntimamente mezclado. El mosto recién extraído tiene una gran capacidad de consumo de oxígeno, si una parte de la masa queda sin mezclar, estará desprotegida.
Además de la dosificación manual existen sulfitómetros, que son utilizados en algunas bodegas y que pueden ser fijos o móviles, manuales o automáticos.
El modelo más sencillo es el manual conectado a una goma que se va introduciendo en los depósitos, según las necesidades. Para transportar la botella de gas licuado se emplean carretillas. En este modelo no se disuelve previamente el gas en agua, por lo que la mezcla no va a ser tan eficaz.
Actualmente en las bodegas existen instalaciones para sulfitómetros automáticos, compuestas por los siguientes elementos:
· Un depósito de acero inoxidable, para almacenar la solución acuosa de sulfuroso. Este depósito
puede alimentar a varios sulfitómetros. Estará conectado por medio de una tubería a la botella
de gas y dotado de alimentación de agua.
· Una bomba dosificadora, que es el verdadero sufitómetro. Capaz de dosificar exactamente la
cantidad requerida de solución.
· Uno o varios inyectores, sobre la tubería de vendimia.
· Un caudalímetro, para conocer el caudal enviado y un filtro de aspiración, para eliminar posibles
impurezas.
· Automatismos.
Esta instalación puede coordinarse con la bomba de vendimia, de manera que dosifique por volumen enviado por ésta. Es decir, la bomba dosificadora sólo actúa cuando lo hace la bomba de vendimia.

Nuevos Fungicidas

Estudian Nuevos Fungicidas Contra las Enfermedades de la Madera
Un equipo de investigación del CNR de Poitiers está trabajando en la puesta a punto de un fungicida que será capaz, tras su aplicación foliar, de circular por la savia y el tronco de la vid. Están estudiando también la estimulación de las defensas de la vid a través del ácido salicílico.Combinar un fungicida transformado con el ácido salicílico para luchar contra las enfermedades de la madera, esta es la pista que están siguiendo un grupo de investigación del CNR de Poitiers. “Se trata de una estrategia nueva y bastante audaz” ha comentado Jean-François Chollet, uno de los responsables de la investigación. En laboratorio han obtenido interesantes resultados contra Eutypa Lata, responsable de la eutipiosis, y contra uno de los hongos responsables de la yesca.Los investigadores han trabajado en la puesta a punto de fungicidas sistémicos capaces de ser conducidos, tras la pulverización foliar, por la savia elaborada (o descendente) presente en las hojas para pasar hacia la madera y después esperar a los hongos parásitos. “La dificultad de la lucha contra las enfermedades de la madera reside en la colocación de los hongos patógenos en el interior de la planta”, ha explicado Cyril Jousse, que ha trabajado con el grupo del CNR. Los fungicidas tradicionales son o bien de contacto que permanecen en la superficie de la planta o bien sistémicos ascendentes, es decir conducidos por la savia bruta desde las raíces hacia las hojas.” Los investigadores han transformado una molécula fungicida tradicional, el fenpiclonil, un producto de contacto. Al transformarla en una molécula más ácida, la han convertido en sistémica. Han estudiado también la utilización del ácido salicílico con el fin de estimular las defensas naturales del planta. Una vez aplicado sobre las hojas han observado que se encuentran concentraciones importantes en el floema, que asegura la circulación de la savia elaborada, pero también una pequeña cantidad en el xilema, tejido conductor de la savia bruta (o ascendente).”
Fuente: Viti-net

El Sueño de la Uva

Según grafican los especialistas de viñedos, el fruto de la vid trabaja durante el día y descansa durante las noches sintetizando de los azúcares, entre otras sustancias, polifenoles.En el viñedo, durante la maduración de las uvas se produce, además de otros compuestos, la concentración de azúcares: fructuosa y glucosa, provenientes fundamentalmente de la madera y las hojas.En el caso de las uvas tintas, la producción -mediante la síntesis de azcúcares- de taninos es celosamente controlada.
Tanto polifenoles como taninos son fundamentales, por ejemplo, para determinar la tipicidad de muchas variedades finas.
Para que este proceso se destaque en calidad es necesario que el viñedo esté sometido a una buena amplitud térmica, días calurosos, generosos en Sol, pocas lluvias y noches frescas.
Cuando las noches no son muy frescas aparecen "pormenores" muchas veces solucionables en la bodega, considerando nuevas prácticas y tecnología de punta.
El fenómeno de la escasa amplitud térmica produce por momentos -durante la cosecha- algunos temores. Obviamente la dinámica vegetativa de la planta está vinculada al entorno agroclimático. Las altas temperaturas mínimas dificultaron un proceso natural denominado de "evacuotransformación" en el grano. Esto básicamente se produce en la uva por las altas temperaturas del día que en la noche no encuentran suficiente contraste térmico que corte la deshidratación. Si esto no sucede, se desfavorece la síntesis de azúcares necesaria para la madurez de polifenoles.
En otras palabras, durante la noche la vid ha seguido respirando y en consecuencia siguió gastando energía, comiéndose el azúcar y no concentrándola.
Probando una baya arrancada de la planta, sentiríamos un primer sabor dulce seguido de otro ácido.
En Argentina, este problema se observó en la cosecha 2001 con el perjuicio de que tuvo unos 60 días de lluvia, lo que repercutió en algunos viñedos en forma de Botrytis, el nombre científico de la podedumbre. Los viñateros también recuerdan la cosecha 1998, cuando llovió durante 40 días casi seguidos.
Vendimia
En los países vitivinícolas, durante la cosecha se celebra la vendimia. Diríamos que a la acción de recoger el fruto de las vides se agrega la fiesta que trata de reconocer el trabajo de todo un año en el viñedo. Originariamente, éstas fiestas nacieron popularmente, y su corolario consistía en la coronación de una reina, elegida entre las cosechadoras o vendimiadoras. En Argentina la celebración nacional oficial se formaliza en Mendoza. Pero ha cambiado mucho su espíritu y desarrollo original cuando el pueblo participaba de la mayor parte de las celebraciones. Es difícil encontrar en las últimas coronaciones a chicas que hablen con conocimiento del vino o que hayan tenido participación en la cosecha. En algunos países productores con desarrollo y aplicación de tecnología, la cosecha mecánica, por ejemplo, le ha restado colorido y folklore a algunas vendimias.
De cualquier forma en la vendimia se distinguen las siguientes etapas comunes :
-Recolección de frutos: Tratando de no romperlos para evitar la presencia del jugo de uva o mosto y de hecho que no comience la fermentación, al menos hasta llegar a la bodega.
-Transporte: Rápidamente, con el fin de asegurar la calidad de las uvas.
-Temperatura: Evitando cambios violentos de temperatura durante el transporte.
Es común observar en las bodegas cuyo objetivo es la calidad, que la recolección se realiza en canastos de plástico que reúnen entre 25 y 30 kg de uva. De esa manera se pueden apilar y se evita la presión de aplastamiento observadas en otras condiciones de trabajo una vez dentro del camión. Muchas variedades, por extremo cuidado, son cosechadas durante la noche, con el propósito de que las uvas ingresen, frescas y sin perder valiosas características, a la etapa de la molienda, la primera de la vinificación.
Fuente:

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